Somos una generación que pide otro plato de comida para subirlo a las redes sociales mientras pasamos unas horas con amigos, buscamos no repetir la misma ropa para nuestra próxima foto de Instagram, porque ya subimos una hace unos días atrás con lo mismo.

Preferimos conocer a alguien por Tinder que personalmente. Es como si en esa aplicación podríamos encontrar a nuestra alma gemela buscando por características, como si se tratara de un objeto al que queremos comprar. Preferimos conocer a alguien hablando por mensaje de texto o por Snapchat, que sentarnos en un bar a tomar un café, hablar mirándonos a los ojos y reírnos del mundo que nos rodea.

Somos la generación que se preocupa más por lo que va a aparecer en nuestro perfil de Facebook que por que la gente nos conozca “en la vida real”. Nos preocupamos por aparentar una buena imagen en Linkedin y parecer graciosos en Twitter. Vamos al gimnasio para poder publicarlo en las redes sociales y obtener muchos ‘me gusta’ en una foto mostrando los abdominales. También hacemos dieta y lo publicamos solo para que nos digan “¿para qué haces dieta? No te hace falta, estas bien”. Ni hablar si viajamos, que nos pasamos mirando esos paisajes y arquitectura que parecen de otro mundo, a través de una pantalla de 7×11 centímetros para sacarle una foto y subirla. No disfrutamos, no apreciamos, no vivimos como deberíamos vivir.

Solo queremos conocer a alguien para tener lindas fotos, para que alguien nos acompañe al cine. Alguien con quien pasar los domingos, sobrellevar los lunes y tomar una cerveza bien fría una noche de martes de verano. No queremos una relación, queremos una fachada. Buscamos que la otra persona sea apuesta para mostrarlo en las redes sociales, como si fuera un cachorro en la vidriera de una veterinaria. Buscamos que nos tomen la mano, no por amor, si no para que los demás digan “mira, se muestran juntos”, como si eso fuera una novedad.

No queremos relaciones serias. No queremos compromisos. No queremos llevarnos tan bien con alguien, como así tampoco queremos enamorarnos. Somos la generación que, además, ponemos una coraza a nuestros sentimientos porque no queremos sufrir. Es mucho más fácil tener “peli y chocolates” para una foto en Instagram que tener una relación seria, y es por eso que cuando conocemos a alguien y parece que va encaminado, nos alejamos, aclaramos que fue un “amigo con derecho” con el cual no tendrías nada, obviamente poniendo excusas como que no es tu tipo, sabiendo lo bien que la pasaban juntos.

Queremos felicidad a costa de comodidad. No somos capaces de luchar y dar todo de nosotros por conseguir lo que tanto queremos. Peor aún, no somos capaces de hacer algo que tanto nos gusta por miedo a que nos critiquen en Twitter o perder seguidores.

A veces pienso que me hubiera gustado vivir en la época de mis abuelos. Por más que eran tiempos difíciles, su generación se miraba a los ojos, sentían amor, alegría, tristeza, eran completamente libres. Libres de sentimientos sin sentir vergüenza de ellos. Podían conocer a alguien y a los cinco minutos sentir que esa persona era el gran amor de su vida sin temor a equivocarse. Disfrutaban los tiempos familiares y con amigos, las comidas, los tragos, todo sin tener una pantalla de por medio.

El problema es que cuando pensamos en generaciones anteriores o simplemente en cuando éramos chicos, inmediatamente decimos “que lindas épocas, me gustaría que volviera a ser así” pero nadie es capaz de desprenderse de su celular por más de 20 minutos (los invito a que hagan el intento), hablar con alguien mirándolo a los ojos, y olvidarse de todo lo que los rodea en ese momento.

Anuncios